Carnada

Carnada

I
Más, esa extraña palabra que vive en la memoria.
Instante que pide un poco de nosotros.
Abismos rayando en la locura.
Y ella que abre la boca en decadencia,
sonidos, piel y miradas.
Lágrimas vivas, cuerpo impaciente.

II
Mientras tanto habremos de habitar la canción que no termina.
Y así desvanecer cualquier tipo de pregunta.
Tal vez serpentear bordeando las sombras
es la mejor manera de esperar.

III
A esta hora la noche crece insípida, cada segundo se siembra insomne;
sospechando un lugar, aquí donde dueles.
Látigos rasgando el tiempo. Y la boca que gime por inercia.

IV
Mañana, un señuelo para calmar el apetito.
Y un corazón.
Más, un poco más.

4:23

4:23

 

Un latido con un sentimiento de sonidos extraños
y piel esperando.
Noches tibias, húmedas
y horas desvanecidas sobre la cama.

Bocas salivando un lenguaje cenizo
paisajes claroscuros, hiel aderezando las heridas,
ojos mediocres de mirada turbia y deseo hacinado.

La armadura cae golpeando el suelo de sus ganas,
un recuerdo lacera desde el bajo vientre.

Y la distancia desgarra desde adentro.

El mundo se quiebra a pedazos,
la lengua empuña promesas al aire,
y los huesos se astillan con cada grito destemplado.

El cielo vibra bajo dedos violentos,
azul despiadado, y pliegues de sábanas aferradas,
el corazón se estrecha en una canción,
baila gotas ácidas; baladas de notas vacías
y labios sangrantes.

Dientes afilando cada estación de paso,
el frío atenaza la médula,
royendo, salpicando verdades crudas,
fluyendo como viento de otoño
ocre, sombras y moho.

El miedo es un árbol de raíces amargas.

 

Sangre de azúcar

Sangre de azúcar

Y de repente se asomaba un túnel frente a sus ojos, escuchaba el rumor del agua, goteos incesantes caían por las paredes, un suave resplandor iluminaba el camino, rojos cristalizados ardían bajo la luz, una gran ola llena de fuerza y murmullos salía a su encuentro. Tan roja como alta, esta ola se vestía de sangre caliente, y cristales diminutos como granos de azúcar, en el último momento la ola cayó sobre sí misma.

Ella cierra los ojos y espera, pasan los segundos vestidos de eternidad, y al abrir los ojos, un batir de alas multicolores pinta el ambiente; miles de mariposas suben, bajan, giran y revolotean a su alrededor, apenas tocándolas con los dedos extendidos y al mínimo roce de las alas, ellas rompen en gotas de color.

Ella es agua de muchos matices.

Fuera de sí misma, la tormenta es inmensa, un torbellino crece arrastrando todo rastro de cordura. Y una canción arrulla a lo lejos, tiñéndolo todo de un filtro azul. Las nubes giran incandescentes sofocando la garganta. Y un vértigo llena de negros y mareas lo que queda de ella. Se aferra al borde del abismo, y con los dedos crispados araña la punta de las sábanas.

Vértigo

Vértigo

Que camine descalza por la orilla del tiempo,
que amanezca sobre una piel húmeda de brisa,
que muerda al sol, intentando uno nuevo.
Que el aire se detenga en la espiral de tu ombligo,
que incendie el mar de mi cuerpo por un instante, aquí y ahora.

Que nacer solo sea una pausa llena de segundos viejos,
que pueda sacar mil veranos del fondo del bolsillo,
que la depredación sea una promesa en mi lengua.

Que la distancia solo sea un lugar entre tu boca y la mía.
Que pensarte obscenamente sea incontenible.

Que el espejo me afile las uñas.
Que seas plenitud aún en las noches vacías.
Que seas la piedra, la astilla, el dolor mirando desde adentro.
Que ardas sin pausas; como el vértigo más delicioso.

Color agua y miedo

Color agua y miedo

Abrazó el tiempo que tenía enredado en las pestañas.
Y unas palabras bailaban lapidando cada vez más la garganta.
Un gemido tropezó buscando un nombre con gotas de saliva oscura.
Y los sonidos morían ahogados; un grito intentaba escapar.
La noche avanzaba lento, minuto a minuto acumulaba angustia.
Y una hora pasaba distraída con la sonrisa ausente.
Un viento deslizaba una cabellera que apenas cubría esos ojos,
y una mirada diluida dueña de un color extraño; un color agua y miedo.
Un color que sabe que no le pertenece, un color que se ha sembrado frente al espejo.
Un golpe de sangre inunda su pecho. Y un latido miente, diciendo que es vida.
Y el pecho se llena, la respiración se acorta es entonces que la distancia duele.
Un latigazo cruza la frente; una verdad a media luz dice que no es.

Y un dolor sabe reconocerle.

Se desliza abrigando su espalda.
Una voz germina en la ventana y un rostro se aferra a su memoria.

Aquí, un color te extraña.