La tragedia de la gota

La tragedia de la gota

El cielo amanecía como todos los días, siempre a la misma hora y vestido de índigos; azules mustios, y naranjas resplandecientes. Todos los días, pero éste no. Hoy se veía en claroscuros tintes marinos, nubes desgajadas y trozos de azul distraído. Y abajo el tiempo permanecía dormido, excepto para una gota que tiembla en su letargo. Aquella gota, como atontada, una gota de agua como pocas; brillante y azul, iba rodando sobre la hoja verde y coruscante, color vida con orillas doradas; yo desde aquí puedo verle las venas. Hilitos amarillo y ocres latiendo, palpitando con el torrente sanguíneo lleno de savia. Y la gota va rodando y no.
Llega a la punta de la hoja y se arriesga a la caída. Cayendo es inmensa en su fragilidad, escucho el silbido del viento y a la gota tratando de no despedazarse con el aire, y se abraza, se prepara para el golpe, se hace bolita y por fin llega al triste suelo. La tierra es fértil, café y húmeda, huele a algas, petricor y verdes; huele a verdes en todos sus tonos.
Y lluvia, huele a lluvia.

Bosque de arena

Bosque de arena

Escuchó el murmullo de unos pasos mientras se abría camino entre los cilindros que exhalaban vapor, cada tubo era de un plata brillante. Ella miraba alrededor tratando de entender el negro viscoso que bañaba las paredes; tan líquidas como negras, semejantes a pájaros de alas oscuras batiéndose aferradas en cada pared.
Buscó a tientas la salida y solo consiguió lanzar un gruñido, trataba de gritar, y en su desesperación sintió un tapón de arena en la boca, probando cada grano con la lengua. Hasta ese momento no comprendía, veía cada grano de arena con el roce de la lengua; explosiones de marrones, ocre, oro y beige, cada color terroso le inundaba la boca, dejándola seca. Palpaba la tierra y la sal. Al intentar buscar con sus manos, el miedo la invadió, abrió la boca y al querer gritar sintió el verde, el aguamarina y la boca llena de olas. Con la lengua ahogando las palabras, abrazó la pesadilla y despertó escupiendo.

Despídete

Despídete

Y de pronto se encontraban caminando,
abrazando las hojas que caían sobre los pies;
en ellas se agitaban las heridas de días pasados.
Y es que el dolor era casa de todos los días,
en ellos habitaban las palabras que laceraban con el filo de las lenguas,
mordían las horas de tiempos caídos.
En espera de que volvieran sobre los pasos, aquellos días de color naranja.
Y es que la espera siseaba al viento.
Llovían los quizás y el horizonte bordeaba las sombras angustiado de que la noche naciera con las miradas huecas de vida.

Así vivían doliendo.

Y la espera terminaba sí, después de todo llegaba el final.
El viento lamía las heridas, y cantaba lluvia sembrando las miradas;
lágrimas le llaman algunos.

El dolor se alejaba caminando,
llevaba a cuestas el peso de los siempres que alguna vez pronunciaron.

Aviéntame.

Gris

Gris

Érase un tiempo que no sabía donde vivirse; y se refugió en aquél par de ojos. Contando los días con distancias diluidas, y apenas un pedazo de cielo colgado en un puño de letras. Así pasaba las horas, esperando sobrevivir en aquellos ojos tan llenos de siempre. Describía la vida imaginando historias sin final. Y recordaba, otros tiempos perdidos en quizás algún reloj de arena. O quizás en una boca que no tenía idea de que el tiempo permanecía escondido. Se sembraba y germinaba y vivía, esperando encontrarse en la mirada que pudiera sacarlo de aquél refugio voluntario. Un día vio que su refugio crecía y se volvía más grande y con más luz, era la pupila que se abría asombrada. Parpadeaba y se frotaba intentando sacarse al tiempo que vivía dentro de ellos. Y es que el tiempo se había sembrado tanto que la mirada se había vestido de gris, la mirada envejecía. El tiempo apagó ese par de ojos.

Caricias la viento

Caricias al viento

Caricias al viento

Sus cabellos se agitaban encendidos entre los dedos, danzando al compás de dulces gemidos… cobraban vida. Surgían furiosos revueltos en oleadas de placer, se enredaban como serpientes venenosas, llovían sobre su rostro, que esbozaba una mueca retorcida, un intento de sonrisa a veces maliciosa. Con el rostro cubierto de serpientes, ella entrecerró los ojos y comenzó a gemir… despacio… lentamente se mordió los labios, tomó las manos de su amante y las llevó al centro de su fuego interior, donde ardían, líquidos de azul intenso profundo… húmedos de placer, ella balanceó sus caderas apoyándose a su ritmo,  por momentos dulces a veces agitados,  embriagándose en un beso intenso y sofocante.

Abandonó su cuerpo a esas manos que la acariciaban, sintiéndose… ahogándose en el frenético vaivén, ellos eran sólo aromas… almas encendidas abrazadas intensamente por llamas que envolvían sus cuerpos desnudos. Eran siluetas, amantes cubiertos sólo por rayos de plata, que dibujaban figuras fantasmales cubiertas de orgasmos.

Ella se abandonó a su cuerpo sin remedio, sintiendo el aliento en su oído, que le murmuraba exóticas caricias, sus cuerpos se sacudían en un ligero temblor… buscándose… necesitándose, donde el enemigo que debían vencer eran sus propios deseos, se dibujaban con la lengua… probándose la piel jadeante, explorando y acariciando, ella gemía y le abrazaba con las piernas, convulsionaba sobre las ganas… clavándole los dientes que resbalaban sobre la piel desnuda, húmeda con el sabor de su saliva, deleitándose de él, con cada movimiento que los encendía de placer.

Ella ronroneaba sobre su cuello… se revolvía como gata furiosa, al maltrato de su pasión, ella era suya. Emprendieron juntos el largo y sinuoso camino, compartiendo el tormento de sus deseos, agitados en frenéticos cuerpos sudorosos, donde las caricias irresistibles los invitaban a hundirse a la oscuridad de la noche, arrancando en cada movimiento, oleadas de sensaciones y deseos… su sed estaba a punto de ser saciada. Marcando el ritmo, se revolvían furiosos entre las sábanas, la piel ardía en un beso caliente, agitados, prisioneros, él se abandonó… deteniendo el tiempo en cada embestida… arqueando los cuerpos, llenándolos de sensaciones con sabor a dulces aromas. La noche pinta nubes de plata sobre la luna que, orgullosa ilumina a los amantes violentamente agotados, las palabras sobran… la noche arde, los besos sonríen sobre la piel… cómplices abrazados.
El sueño la sorprende abrazada a su almohada, ella ha sido suya… otra vez, ahora sonríe, hoy como otras noches volvió a soñar…
Hoy como otras noches, como mañana y como siempre.