La tragedia de la gota

La tragedia de la gota

El cielo amanecía como todos los días, siempre a la misma hora y vestido de índigos; azules mustios, y naranjas resplandecientes. Todos los días, pero éste no. Hoy se veía en claroscuros tintes marinos, nubes desgajadas y trozos de azul distraído. Y abajo el tiempo permanecía dormido, excepto para una gota que tiembla en su letargo. Aquella gota, como atontada, una gota de agua como pocas; brillante y azul, iba rodando sobre la hoja verde y coruscante, color vida con orillas doradas; yo desde aquí puedo verle las venas. Hilitos amarillo y ocres latiendo, palpitando con el torrente sanguíneo lleno de savia. Y la gota va rodando y no.
Llega a la punta de la hoja y se arriesga a la caída. Cayendo es inmensa en su fragilidad, escucho el silbido del viento y a la gota tratando de no despedazarse con el aire, y se abraza, se prepara para el golpe, se hace bolita y por fin llega al triste suelo. La tierra es fértil, café y húmeda, huele a algas, petricor y verdes; huele a verdes en todos sus tonos.
Y lluvia, huele a lluvia.

4:23

4:23

 

Un latido con un sentimiento de sonidos extraños
y piel esperando.
Noches tibias, húmedas
y horas desvanecidas sobre la cama.

Bocas salivando un lenguaje cenizo
paisajes claroscuros, hiel aderezando las heridas,
ojos mediocres de mirada turbia y deseo hacinado.

La armadura cae golpeando el suelo de sus ganas,
un recuerdo lacera desde el bajo vientre.

Y la distancia desgarra desde adentro.

El mundo se quiebra a pedazos,
la lengua empuña promesas al aire,
y los huesos se astillan con cada grito destemplado.

El cielo vibra bajo dedos violentos,
azul despiadado, y pliegues de sábanas aferradas,
el corazón se estrecha en una canción,
baila gotas ácidas; baladas de notas vacías
y labios sangrantes.

Dientes afilando cada estación de paso,
el frío atenaza la médula,
royendo, salpicando verdades crudas,
fluyendo como viento de otoño
ocre, sombras y moho.

El miedo es un árbol de raíces amargas.

 

Sangre de azúcar

Sangre de azúcar

Y de repente se asomaba un túnel frente a sus ojos, escuchaba el rumor del agua, goteos incesantes caían por las paredes, un suave resplandor iluminaba el camino, rojos cristalizados ardían bajo la luz, una gran ola llena de fuerza y murmullos salía a su encuentro. Tan roja como alta, esta ola se vestía de sangre caliente, y cristales diminutos como granos de azúcar, en el último momento la ola cayó sobre sí misma.

Ella cierra los ojos y espera, pasan los segundos vestidos de eternidad, y al abrir los ojos, un batir de alas multicolores pinta el ambiente; miles de mariposas suben, bajan, giran y revolotean a su alrededor, apenas tocándolas con los dedos extendidos y al mínimo roce de las alas, ellas rompen en gotas de color.

Ella es agua de muchos matices.

Fuera de sí misma, la tormenta es inmensa, un torbellino crece arrastrando todo rastro de cordura. Y una canción arrulla a lo lejos, tiñéndolo todo de un filtro azul. Las nubes giran incandescentes sofocando la garganta. Y un vértigo llena de negros y mareas lo que queda de ella. Se aferra al borde del abismo, y con los dedos crispados araña la punta de las sábanas.

Bosque de arena

Bosque de arena

Escuchó el murmullo de unos pasos mientras se abría camino entre los cilindros que exhalaban vapor, cada tubo era de un plata brillante. Ella miraba alrededor tratando de entender el negro viscoso que bañaba las paredes; tan líquidas como negras, semejantes a pájaros de alas oscuras batiéndose aferradas en cada pared.
Buscó a tientas la salida y solo consiguió lanzar un gruñido, trataba de gritar, y en su desesperación sintió un tapón de arena en la boca, probando cada grano con la lengua. Hasta ese momento no comprendía, veía cada grano de arena con el roce de la lengua; explosiones de marrones, ocre, oro y beige, cada color terroso le inundaba la boca, dejándola seca. Palpaba la tierra y la sal. Al intentar buscar con sus manos, el miedo la invadió, abrió la boca y al querer gritar sintió el verde, el aguamarina y la boca llena de olas. Con la lengua ahogando las palabras, abrazó la pesadilla y despertó escupiendo.

El otro espejo

El otro espejo

Tenía abierta la puerta por donde escaparían todos sus
demonios.

Ellos no la recordaban más
huían a vivir a otro espejo.

Vivían en su piel las lunas desveladas
y en su mirada brillaba
la nostalgia y la belleza de sus palabras
era agonía.

Y sus letras palpitaban escondidas sobre sus páginas
azules, donde no gemían más.

Existía doliendo.

Sus manos de humo acariciaban la oscuridad que la
envolvía,
latían vacías las horas para siempre.

Era su noche como un espejo quebrado
con sólo algunos pedazos
vivos para dejar cicatrices.

Su cabellera domesticada
acariciaba densamente el cielo
y en su boca florecía el tiempo
bebiéndole su propia miseria.

En el color azul profundo del abismo
existía y era en el cristal empañado
existía y era con la mirada de cielo negro
bordeado de sombras.

Existía, ella.